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Alexander
Graham Bell
Con el nacimiento del teléfono,
el mundo materializó su esperanza de disponer de comunicación
inmediata a distancia. Pronto comenzó una expansión
del servicio telefónico que, en poco tiempo, adquirió
un ritmo de crecimiento más veloz que el de la industria
automotriz.
El 10 de marzo de 1876, cuando Alexander Graham Bell logró
la primera comunicación telefónica exitosa en
el mundo, el desarrollo de esta no presentaba grandes diferencias
entre los países.
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En 1878, se realizó en México la primera prueba
telefónica exitosa entre la ciudad de México y
la entonces remota población de Tlalpan, que hoy constituye
una de las delegaciones políticas del Distrito Federal.
El Departamento del Distrito Federal (DDF) y la empresa Alfredo
Westrup y Compañía firmaron un contrato para comunicar
a las seis comisarías de policía con que entonces
contaba la ciudad, con las oficinas del Inspector General y
del Ministro de Gobernación.
Entre 1879 y 1880 se tendieron las primeras redes privadas,
y el 19 de julio de 1881, se otorgó permiso al estadunidense
M.L. Greenwood para instalar una red de servicio público
en la Ciudad de México, y en 1882 se fundó la
Compañía Telefónica Mexicana, subsidiaria
de Telefónica de Boston que posteriormente, en 1905,
cambió su razón social a Compañía
Telefónica y Telegráfica Mexicana, S.A. Fue así
como nació la primera empresa de telefonía en
el país
El 10 de marzo de 1876, hace 123 años, encontró
la respuesta cuando su voz viajó por el hilo metálico
hasta la habitación donde se encontraba su ayudante quien
pudo escuchar: "Señor Watson, venga de inmediato,
quiero verlo".
El teléfono es ejemplo de tenacidad y constancia; no
sólo por las innumerables horas de trabajo que Bell y
Watson invirtieron en su creación; además porque
la defensa de la propiedad intelectual que le disputaron quienes
trataron de sacar provecho de su invento, lo enfrascó
en el proceso más largo de patentes en la historia de
los Estados Unidos.
Una vez superado este reto y con la empresa telefónica
que fundó con sus socios Hubbard y Sanders en pleno florecimiento,
pudo volver a las actividades que fueron su verdadera pasión:
el trabajo con los sordos y la educación de los niños.
Conjugando ambos intereses, propuso la creación de escuelas
diurnas que recibieran a niños sordos y no sordos para
facilitar la adaptación y la integración de aquéllos
en la sociedad y todavía fue más allá al
fundar una en Boston que tuvo que cerrar al poco tiempo por
falta de profesores calificados. Tanto le afectó este
hecho que lo consideró la experiencia más decepcionante
de su vida.
Aunque el trabajo con los sordos y la iniciación de los
niños en los principios de la ciencia absorbían
gran parte de su tiempo, para su mente creativa que a los 9
años le inspiró la invención de una desgranadora
automática de trigo, era imposible sustraerse de la búsqueda
de soluciones a las necesidades del mundo que lo rodeaba.
La muerte de uno de sus hijos que nació con problemas
respiratorios, lo llevó a crear la Cámara de Vacío,
precursora del pulmón artificial.
Un atentado contra el presidente James Garfield en 1881, lo
condujo al invento de la sonda de bala, que fue utilizada en
las guerras posteriores y fue precursora de los Rayos X.
En el campo de la aeronáutica trabajó con cometas
para profundizar en las leyes de la aerodinámica e hizo
importantes aportaciones en este campo, con los alerones que
dan estabilidad a las aeronaves durante el vuelo, el tren de
aterrizaje y el timón de cola. Sus trabajos en esta disciplina
le valieron el Primer Trofeo Scientific American para la Aviación.
Ya había cumplido 70 años cuando creó un
hidrodeslizador capaz de desarrollar una velocidad de 114 km/h,
récord que tardó 10 años en superarse.
Sin embargo, "nunca fue tan feliz como cuando sostenía
un niño sordo en sus brazos", afirma Hellen Keller,
notable intelectual sordomuda que recibió su impulso
y su confianza.
Y en efecto, lo más importante para Bell eran sus sordos
y los niños: su búsqueda de mejores formas de
educación lo condujo a las teorías pedagógicas
de María Montessori. Bell compartía con ella la
convicción de que los niños tienen capacidad para
escoger qué y cómo aprender.
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